martes, 6 de diciembre de 2016

NORMAS EN POSITIVO PARA EL AULA

DIAGNÓSTICO Y ORIENTACIÓN PSICOPEDAGÓGICA
Grupo “Clave de Fa”: Cristina Cuesta Jiménez


 “Normas en positivo para trabajar en el aula”


Para que la clase funcione bien y haya un buen ambiente de trabajo y de aprendizaje, es importante respetar unas normas básicas de funcionamiento. Si lo hacemos, no solo se aprenderían las correspondientes asignaturas, sino que lo haréis en un buen ambiente y sin tensiones.

Las normas, son necesarias en cualquier espacio en el que conviven personas: existen en el hogar, en la comunidad vecinal, en un equipo de fútbol, etc. Y ¿por qué no en el aula?

La clase es un grupo, como los anteriores, y lo es, porque se trata de una reunión de personas que persigue un fin común, que es el de estudiar y aprender. A quienes respetan habitualmente las normas, estas les sirven para asegurar el derecho que tienen a que haya un ambiente de calma y de tranquilidad en clase, para que todos puedan trabajar y sentirse bien. Sin embargo, algunas personas tienen dificultades para centrarse en el trabajo y ello provoca que se despisten y que también lo hagan los demás. A estas personas las normas les sirven para ayudar a regular su conducta, y así no tener problemas ni causarlos.

En mi opinión, considero que las normas benefician a todos y que, por tanto, son importantes para el buen funcionamiento de la clase, si entre todos son respetadas. Pero debemos pensar cómo actuar en el caso de que alguien no quiera colaborar. Por ello, es importante aclarar cuáles son las necesidades, por qué son importantes y qué hacer cuando hay problemas.

Algunos ejemplos de normas positivas que se pueden trabajar en el aula, puede ser las siguientes:


A continuación, dejo un ejemplo, de una recurso que podemos utilizar en el aula para ver si las normas se cumplen o no:




lunes, 5 de diciembre de 2016

DINÁMICA: ¿Qué hacer cuando dos personas quieren lo mismo al mismo tiempo?


DIAGNÓSTICO Y ORIENTACIÓN PSICOPEDAGÓGICA
4 CURSO GRADO DE EDUCACIÓN PRIMARIA

Grupo “Clave de Fa”: Cristina Cuesta Jiménez


DINÁMICA: ¿Qué hacer cuando dos personas quieren lo mismo al mismo tiempo? 




Realizamos esta dinámica, porque surgió en clase la duda de qué, que deberíamos hacer cuando dos niños querían lo mismo al mismo tiempo.
Entonces Gema, nos propuso hacer la siguiente actividad. Salieron dos voluntarios, que en este caso fueron Raquel y Luis y le repartió a cada uno un papel como una misión que el otro no podía leer y colocó encima de la mesa una naranja y una pistola.

En los papeles ponía lo siguiente:


Raquel tomó la iniciativa, fue mucho más rápida que Luis y quería escapar con la naranja, pero, como no podía, porque Luis la alcanzó, ella comenzó a pasar la naranja entre los compañeros para que Luis no se hiciera con ella, pero hubo un momento, en el que él, la consiguió e hizo exactamente lo mismo que ella, pasárselas a los compañeros, para que ella no la alcanzara, entonces, ella, cogió la pistola, para (por así decirlo) acabar con él y obtener la naranja que tanto necesitaba, para salvar a su ser querido. Pudimos comprobar, que a veces, la desesperación, te hace cometer acciones, que quizás conscientemente no las harías.


Realmente, si hubieran dialogado, se hubieran dado cuenta que ambos podían haber utilizado la naranja, porque, cada uno, necesitaba una parte diferente, y, así, los demás fuimos conscientes, que lo que falla muchas veces en estas situaciones, es la falta de comunicación, por eso, es fundamental, que exista una buena comunicación por todas las partes, e intentar razonar con los niños, dándoles diferentes alternativas, fomentando el diálogo y la empatía hacia los demás. 

domingo, 4 de diciembre de 2016

REFLEXIÓN INDIVIDUAL: "MIEDOS Y MANÍAS"

DIAGNÓSTICO Y ORIENTACIÓN PSICOPEDAGÓGICA
Grupo “Clave de Fa”: Cristina Cuesta Jiménez


Reflexión Individual: “Miedos y manías”

Los miedos y manías en los niños son comportamientos que, en mayor o menor medida, se mantienen de adultos. Si no impliden el desarrollo de la vida cotidiana, no representan un problema. Pero dado que su origen suele estar en la infancia, es en esa etapa cuando hay que enfrentarlos para que no supongan incovenientes al alcanzar la edad adulta.

Los miedos y las manías tienen en común la ansiedad: en el caso de las manías, porque las utilizamos para carmarla, y en el de los miedos, porque la disparan.
La ansiedad se combate con relajación y pesamientos positivos dirigidos a llevar a cabo acciones eficaces.
Existen una serie de hábitos que el niño adquiere muy rápidamente porque le calman y que son muy difíciles de eliminar; estos “malos hábitos” son las manías. Éstas, cuando dañan, tienen que ser sustituidas por otras conductas que tengan el mismo efecto relajante sin consecuencias perjudiciales para el niño.

Los miedos están presentes en la evolución normal de los niños, y sólo se vencen si se enfrentan.

Hay que dotar al niño de capacidades para que aprenda a enfrentarlos. Si deja de tener miedo a algo, se sentirá capaz de superar los temores que aparezcan con posterioridad.

¿Qué son los miedos y las manías?

Los miedos

El miedo, es una reacción normal de adaptación del cuerpo que surge cuando nos enfrentamos a determinadas situaciones que suponen una amenaza para nuestro bienestar físico o psicológico.

Son reacciones de alarma frente a lo desconocido y lo peligroso, bastante frecuente en la infancia, que ayudan al niño a enfrentarse a las situaciones difíciles y amenazantes que se encontrará a lo largo de su desarrollo. Se trata de respuestas de ansiedad frente a estímulos concretos, como pueden ser la oscuridad, los perros o las tormentas. Los miedos típicos de la infancia van desapareciendo poco a poco, a medida que el pequeño madura.

Muchas veces, el miedo actúa como protector frente a peligros reales: es un mecanismo que prepara para la acción. En otras ocasiones, el peligro no es real y el niño tiene miedo; en este caso supone una fuente de sufrimientos para el pequeño y de dificultades para los padres, que no saben cómo hacer frente a la situación.

El miedo, es una emoción que tradicionalmente se asocia con la infancia. Sin embargo, se experimenta a lo largo de toda la vida, aunque las situaciones que provocan temor van cambiado con la edad. Quizá esta asociación con la infancia se deba a que son más frecuentes las reacciones de miedo porque existen numerosas situaciones nuevas a las que se enfrenta el niño a lo largo de su desarrollo. Los miedos típicos de la infancia se denominan miedos evolutivos y se presentan aproximadamente en el 50% de los niños en algún momento de su desarrollo.

En general, los miedos físicos (animales, tormentas, etc.), aparecen en la infancia, mientras que los miedos sociales (rechazo, ridículo o hablar en público) aparecen en la preadolescencia o en la adolescencia. Enfrentar el miedo es una oportunidad para aprender nuevas respuestas ante el objeto temido. Poco a poco el niño puede poner en práctica nuevas respuestas para adaptarse a las diferentes situaciones que le provocan miedo; el hecho de vencerlo aumenta su confianza para enfrentar otros temores. Existe un pequeño porcentaje de casos en los que estos miedos se vuelven desproporcionados y llegan a generar un malestar tan significativo que afecta a diversos aspectos de la vida, como pueden ser la familia, los estudios o la relación con los iguales. Es entonces cuando el miedo se convierte en fobia.

En cuanto a la distribución del miedo por sexos, son las niñas quienes más lo sufren: por cada 100 niñas que padecen miedos hay 50 niños afectados, entre las razones que explican este fenómeno está el hecho de que los chicos están más preparados físicamente para enfrentarse a diferentes situaciones y que culturalmente a las niñas se las protege más de los peligros, mientras que a los niños se les anima a mostrarse más valientes.

Reacciones de los niños ante el miedo

Las reacciones ante el miedo que tienen los niños son las mismas que puede mostrar cualquier adulto; lo que varía es la intensidad de la respuesta.
El miedo provoca una reacción de ansiedad que se manifiesta, igual que cualquier emoción, en tres niveles:
  • Nivel cognitivo. El pensamiento sobre la situación o el estímulo es decisivo para sentir miedo. Las experiencias previas, ya sean propias o ajenas, son, en cierta medida, responsables de nuestros pensamientos hacia las diferentes situaciones.
  • Nivel fisiológico. Un niño con miedo puede manifestarlo de diferentes formas físicas: temblores, sudoración, llanto, náuseas, aceleración cardíaca, sequedad de boca, tensión muscular, etc.
  • Nivel motor. El niño puede gritar, evitar la situación o el estímulo que le provoca miedo, salir corriendo o mostrarse irritado, iracundo o agresivo.

La actitud de los padres frente al miedo del niño

La actitud de las personas que le rodean es importante para evitar que se agrave el temor y desemboque en alteraciones como la fobia.

Lo recomendable es mantener siempre un diálogo de confianza con el pequeño para que pueda expresar sus miedos y ayudarle a darse cuenta de que son infundados.

A veces se utiliza el miedo como método educativo. Algunos padres creen que la única forma de conseguir que el niño obedezca es atemorizarlo.

El miedo que presente el niño no será infundado y resultará difícil que se desprenda de él, lo cual suele acarrear serios problemas.

Algunas pautas que pueden seguir los padres para ayudar al niño a superar los miedos son:
  • No ridiculizarlo.
  • Entender su miedo y ponerse en su lugar.
  • Tranquilizarlo.
  • No utilizar el miedo como pauta educativa.
  • Demostrarle con la propia actitud que realmente no pasa nada.
  • Tener paciencia.
  • No obligarle a que se enfrente a los estímulos que le provocan miedo de forma directa, porque, muchas veces, conseguiremos lo contrario: que tenga más miedo.
  • No mentirle sobre sus temores.
La actuación de los padres ante los miedos del niño puede hacer que logre superarlos o, por el contrario, que se hagan crónicos.

Las manías

Las manías, son hábitos adquiridos que tienen como objetivo reducir la ansiedad que alguna situación puede provocarnos.

Casi todos tenemos alguna manía que arrastramos desde la infancia, de manera que si los adultos contamos con “malos hábitos adquiridos”, no es raro que los niños también los tengan.

Las manías, son conductas que se repiten muy a menudo y que ayudan al niño a controlar ciertos sucesos externos, o bien le sirven para relajarse. Entre las manías más frecuentes en la infancia están: chuparse el dedo, morderse las uñas y los dedos, rascarse, dar cabezazos, balancearse, hurgarse la nariz, hacer movimientos, rítmicos y enrollarse el pelo. Estos hábitos no suelen molestar al niño, sino todo lo contrario: le producen placer. Sin embargo, si desagradan a los padres, que utilizan todos los medios disponibles para intentar suprimirlos. A veces, sin darse cuenta, pueden llegar a fomentar las manías debido a su atención e insistencia constante en que el pequeño las abandone. Evitar esta actitud es el primer paso para ponerles fin.

Cuando estos hábitos se prolongan en el tiempo, el niño puede parecer más pequeño de lo que realmente es, ya que tiene comportamientos típicos de edades inferiores.

¿Cómo enfrentar los miedos?

Para disminuir los miedos hay que seguir un método. El miedo es irracional por definición y los niños creen, además, que lo que temen es real, por lo que decirles que no es así resulta completamente inútil.

Indudablemente, los niños, cuando tienen que enfrentar sus miedos, lo pasan mal. Eso implica que la desaparición del miedo tiene que ser de manera progresiva y produce menos malestar, aunque la consecución de objetivos resulta más lenta. 

Cuando hablamos de intervenir en el miedo, debemos tener en cuenta varios aspectos:
  • El miedo no desaparece en un momento. La actuación de los padres debe ser continuada y sistemática. 
  • No hay que regañar ni ridiculizar al niño por lo que siente; ello dificultará que decida enfrentarse a su miedo. 
  • Los padres no deben mostrar excesiva preocupación ni darle demasiada importancia, porque entonces el niño podría utilizar su miedo con excusa para zafarse de situaciones que no le gustan y los adultos podrían caer en el error de permitírselo. 
  • Hay que intentar controlar las experiencias desagradables que podrían afianzar su miedo. 
  • Tenemos que premiar cualquier esfuerzo que haga el niño por vencer su miedo. 
  • No le presionaremos: si hoy no lo consigue, lo intentaremos mañana. Cada niño necesita su tiempo. 
  • La observación de la actitud de los padres por parte del pequeño puede llevarle a adoptar sus miedos; es decir, aunque no quieran, en ocasiones, ellos se los transmiten. 
  • Los modelos más válidos son sus compañeros, cuando hacen lo que a él le da miedo.
¿Cómo enfrentar las manías?

Cuando un niño tiene una manía, sus padres están muy pendientes de lo que hace para recriminárselo, cayendo en el error de pensar que con una regañina el niño dejará de hacerlo. Nada más lejos de la realidad. Señalar el comportamiento hará que se repita. El primer paso, por tanto, será evitar decirle nada que tenga que ver con el hábito a cambiar cuando el niño lo lleve a cabo.

Al contrario de lo que ocurre con otras conductas inadecuadas, ignorar estos hábitos tampoco soluciona el problema, porque el objetivo del niño no es llamar la atención del adulto, sino calmar su ansiedad.

No es eficaz ignorar la manía, como tampoco lo es mostrar reacciones excesivas cuando aparece, porque éstas le otorgarían más importancia de la que tiene y el niño descubriría la preocupación que genera su comportamiento, lo cual le serviría para repetirlo y mantener a sus progenitores.

Las reacciones excesivas, como reírse de las manías, enfadarse o criticar al niño, tienen el efecto contrario al deseado, porque aumentar la frecuencia de la conducta. La actitud paterna debe ser tranquila a la hora de corregir la manía.

¿Qué hacer ante las manías?

  • Distraer la atención del niño hablándole y proponiéndole alguna actividad que sea incompatible con el comportamiento. 
  • No señalar el comportamiento, y mucho menos en público. 
  • Acercarnos y, sin decir nada pero de forma firme, hacer un gesto que le impida seguir con la manía. 
  • Establecer con él una palabra clave le recuerde que tiene que dejar de hacerlo, como stop. 
  • Reforzar con una frase de aliento seguida de una sonrisa o una caricia cualquier comportamiento que signifique vencer la manía. 
  • Repetir estas pautas cada vez que el pequeño lleva a cabo el comportamiento que queremos evitar. 

Las manías son muy resistentes y cuesta mucho que desaparezcan. Conviene tener paciencia y no desesperarse. Hay que mantener las actitudes descritas, combinarlas o aplicarlas según el efecto que vayan teniendo en el niño. Lo importante es la constancia.

Reflexión final

Muchos de los miedos y manías que mantenemos en la actualidad tienen su origen en la infancia, aunque ahora traducidos al mundo adulto.

Enseñar a los niños y niñas a superar los miedos y vencer las manías es hacerle que confíe en sus capacidades y evitar el desarrollo de reacciones fóbicas, ansiedad generalizada, ataques de pánico o, simplemente, que salga corriendo cuando vea próxima una situación desagradable.

La evitación, como forma de afrontar situaciones que nos resultan incómodas no resuelve nada; alivia al principio, pero trae consecuencias negativas a medio y largo plazo. Si de niños aprendemos que huir es la forma de solucionar las situaciones negativas, también lo haremos de mayores. Cuando aprendemos a enfrentarnos a nuestros miedos y manías sabemos superarnos, porque vencerlos pasa por aumentar nuestro afán de superación.

Cuando no solucionamos los miedos y las manías, éstos aumentan en intensidad y nos incapacitan. Poco a poco, los miedos y manías no resueltos pueden condicionar nuestra existencia por la ansiedad que nos produce enfrentarlos.

La relajación aparece como la respuesta contraria a la ansiedad.

Hay que aprender que la ansiedad es un sentimiento que convive con nosotros y estar convencidos de que podemos controlarla y de que tenemos capacidades para hacerlo.

Superar con éxito las situaciones complicadas será el aprendizaje que brindemos a los niños y niñas, acompañándoles en el enfrentamiento de sus miedos y manías.

sábado, 3 de diciembre de 2016

REFLEXIÓN INDIVIDUAL: "PREMIOS Y CASTIGOS"

DIAGNÓSTICO Y ORIENTACIÓN PSICOPEDAGÓGICA

Grupo “Clave de Fa”: Cristina Cuesta Jiménez

 

Reflexión Individual: “Premios y Castigos”

Los comportamientos se repiten o no en función de las consecuencias que les siguen. Las consecuencias son mucho más que premios o castigos.

En términos generales, se trata de reforzar las conductas que queremos que se repitan y no atender aquellas que pretendemos suprimir o disminuir. Esto se puede hacer de varias formas: mediante sistemas de puntos, elogios y alabanzas, castigos eficaces, retiradas del niño de situaciones agradables, etc.

Existen muchas técnicas que aplicadas de forma sistemática y global consiguen que el pequeño aprenda nuevos comportamientos que sustituyan los inadecuados, de manera que éstos disminuyan o desaparezcan.

Un niño no hace sabiendo qué puede hacer y qué no, qué acción es la acertada en casa situación o que repercusiones tiene su comportamiento en los demás. Son los padres los encargados de que lo aprenda, haciéndole ver las consecuencias que siguen a su conducta; de este modo asimilará un esquema estable de comportamientos. Asimismo, los padres descubrirán la fuerza que tiene la atención que prestan a su hijo a la hora de modificar su conducta.

Hay que recordar que las consecuencias de las conductas son fundamentales para que aparezcan capacidades como el autocontrol, la tolerancia a la frustración o la demora del deseo. Todas ellas, son capacidades necesarias para que el niño aprenda a canalizar la ansiedad o la agresividad.

¿Qué son los premios y castigos?

Llamamos premios y castigos a las consecuencias que siguen a los comportamientos y que determinan que se vuelve a hacer lo mismo en una situación parecida o, por el contrario, que se deje de hacer.

Los padres, dedican mucho tiempo a tratar de aumentar o disminuir ciertos comportamientos de sus hijos: recoger los juguetes, no pegar a otros niños, comer o dejar de llorar cuando quieren algo … La clave para conseguirlo está en las consecuencias que el niño obtiene. Un simple beso tras recoger los juguetes es un premio, un reforzador que aumenta las probabilidades de que vuelva a recogerlos al día siguiente. Si no los recoge, quizá haya que aplicar un castigo, es decir, que las experiencias que siga a su resistencia sea negativa para él.

Premiar y castigar

El binomio premio – castigo está presente en muchas circunstancias de la vida de forma espontánea. 

La dificultad para enseñar a los niños radica, en el uso que se hace de los premios y castigos.

Antes de empezar hay que tener en cuenta tres aspectos:
  • Es imprescindible aplicar todas las técnicas en conjunto para que funcionen.
  • Un premio es algo que resulta gratificante para quien lo recibe.
  • Un castigo sólo puede considerarse como tal cuando quien lo sufre lo vive como algo negativo.
Uno de los errores más frecuentes cuando se aplica un castigo es dar por supuesto que las consecuencias son desagradables para el niño.

Es importante, observar qué considera el niño un premio y qué le parece desagradable; incluso se puede hacer una lista con lo que le gusta y le disgusta para identificar los premios y castigos más eficaces.

Una vez terminada la lista de cosas que gustan y disgustan al niño, se puede establecer un sistema de consecuencias: lo que le gusta será consecuencia de los comportamientos positivos, y lo que no le gusta de los negativos. Este sistema, aplicado con constancia, modificará sus comportamientos.

El comportamiento humano

Si lo que se pretende es modificar la conducta del niño, hay que empezar definiendo las áreas que componen el comportamiento humano: fisiológica (sentimiento), cognitiva (pensamiento) y motora (acción). Todas ellas son respuestas ante una situación, una persona o un objeto con los que establecemos algún tipo de relación.

Las tres áreas están relacionadas entre sí, de manera que cualquier modificación que se lleve a cabo en una de ellas influirá en las otras.

Casi todos los sentimientos, pensamientos y comportamientos son aprendidos, lo que significa que es posible aprender otros nuevos y más adecuados. En el caso de los niños, debemos centrarnos en modificar la respuesta motora, porque el manejo que hagamos de sus consecuencias inmediatas hará que se produzcan cambios, no sólo en lo que hacen, sino también en lo que sienten y piensan.

A través de la experiencia, el niño aprende a actuar de determinada manera y a repetir sus actuaciones en situaciones parecidas hasta incluirlas en su repertorio de conductas.

Aprender comportamientos adecuados y manifestarlos de modo habitual sirve para solucionar problemas y adaptarse al medio. El objetivo, es tener pensamientos positivos que generen emociones también positivas para actuar de la forma más adecuada.

El control de la conducta

Lo que se haga ante las respuestas del niño irá generándole su propio esquema estable de comportamiento.

Las conductas del niño, deben ser guiadas con normas y limites, y reguladas mediante consecuencias hasta que él adquiera capacidades de autocontrol. 
Este proceso no se puede llevar a cabo si el pequeño no experimenta las consecuencias de su comportamiento y no entiende las reacciones que su conducta provoca en los demás. De esta manera aprenderá que las cosas no siempre son como uno quiere, es decir, desarrollará la capacidad de la tolerancia a la frustración. Dicha capacidad es el mejor aprendizaje que adquiere para controlar no sólo su comportamiento en general, sino también la ansiedad y, muy particularmente, la agresividad.

Los niños no vienen al mundo con un instinto disciplinario innato. Para entender cómo deben actuar necesitan aprender lo que pueden hacer y lo que no, y son los adultos quien deben enseñárselo. La manera más eficaz, es mostrarles las consecuencias de cada conducta. Y el secreto está en la constancia.

El porqué de las consecuencias
  • Si no experimentamos las consecuencias de nuestras acciones, nos convertimos en opresores, presuponiendo que los demás deben estar a nuestra disposición cuando lo deseemos.
  • Que un niño repita o no un comportamiento depende de que experimente sus consecuencias. Hay que enseñarle a tolerarlas, planteándole situaciones en las que no siempre consiga lo que quiere.
  • Un pequeño que no obtiene siempre lo que desea desarrollará una tolerancia a la frustración que, de mayor, le será de mucha utilidad, ya que así sabrá cómo enfrentarse a las situaciones en que las cosas no salen como se plantean.
  • El niño necesita que los padres le enseñen lo que debe y no debe hacer, ya que no nace sabiéndolo.
  • Es preciso generar en casa un sistema de premios y castigos que muestre a nuestro hijo las consecuencias de cada conducta, y aplicarlo con constancia.
Criterios para elegir los premios y castigos

A la hora de decidir qué consecuencias aplicar hay que tener en cuenta tres criterios:
  • Los premios y castigos han de ser proporcionales a las conductas. Castigar a un niño de tres años a no ir al parque en una semana porque ha pegado a otro niño parece un tanto desproporcionado. El pequeño no recordará al segundo día por qué está castigado y el castigo no tendrá efecto de la conducta que se desea modificar.
  • Lo que para un niño supone un refuerzo a su actitud, para otro puede no tener connotaciones de premio.
  • Hay que tener en cuenta las características propias de cada uno. Es preciso observar a cada niño/a para saber cómo utilizar los premios y castigos en función de sus capacidades, y sobre todo asegurarse de que entiende lo que se le dice.
La edad del niño marca la adquisición de capacidades. Si conocemos las etapas de desarrollo de los niños, tendremos pistas de los que puede representar un premio o un castigo proporcionado y justo para él.

Reflexión final

Si los niños y niñas experimentan las consecuencias positivas y negativas de sus actos, habrán ido incorporando todo un repertorio de comportamientos que le ayudarán a adaptarse a las distintas situaciones que la vida le irá deparando. Con el tiempo, desarrollará todo un abanico de actuaciones que requieren una mayor madurez.
  • La persona se hace responsable de la ejecución de su conducta y sus consecuencias.
  • Adquiere capacidad para evaluar sus pensamientos, actos y sentimientos.
  • Es importante, que aprenda a describir su conducta y a establecer un esquema de comportamiento que será estable y duradero.
Es fundamental, que los padres se mantengan firmes y constantes con las consecuencias que el niño o la niña recibe por sus comportamientos. 

viernes, 2 de diciembre de 2016

REFLEXIÓN INDIVIDUAL: "NORMAS Y LÍMITES"

DIAGNÓSTICO Y ORIENTACIÓN PSICOPEDAGÓGICA
Grupo “Clave de Fa”: Cristina Cuesta Jiménez


Reflexión Individual: “Normas y Límites”

Los límites se traducen en normas que establecen un orden de funcionamiento. Quienes los mantienen, los padres, se convierten en figuras de autoridad para el niño. Asimilar y tener límites y normas es necesario, para que cualquier persona, sepa adaptarse y convivir en sociedad. 

Hacer de un niño un ser feliz, implica que se sienta seguro y protegido, y para ello es preciso que tenga límites.

Mantener las normas implica a veces decir “no”. Esto genera conflictos con los niños, pero el conflicto está presente en nuestra vida; por eso no hay que tenerle miedo, sino aprender a afrontarlo.

¿Qué son las normas y los límites?

Un límite le dice al niño: “Hasta aquí puedes llegar. Más allá, no”. La norma es la forma en que se traducen los límites en la práctica. Cada familia ha de establecer sus propias normas.

Los límites, proporcionan seguridad al niño para enfrentarse al mundo. Las normas marcan la organización necesaria para que una familia y, cualquier otra forma de convivencia funcionen. A través de las normas el pequeño aprende qué está permitido y qué está prohibido.

Los estilos de comunicación en la familia

La forma en que nos comunicamos en la familia es fundamental para establecer con éxito los límites y las normas.

Todas las cosas que hacemos en la vida se acompañan de comunicación.

Tener una buena comunicación en casa es fundamental para establecer una convivencia tranquila, feliz y sosegada.

La comunicación sirve para:
  •          Establecer contacto con las personas.
  •          Dar o recibir información.
  •          Expresar o comprender lo que pensamos.
  •          Transmitir nuestros sentimientos.
  •          Compartir o poner en común algo con alguien.
  •          Relacionarse.
Elementos que facilitan la comunicación

Los elementos que facilitan la comunicación, son tres, fundamentalmente: la escucha activa, la habilidad para motivar y la empatía y cuando se ponen en marcha aumentan la probabilidad de que el niño entienda lo que se desea de él. También consiguen que el pequeño se sienta escuchado.
  • La escucha activa: consiste en mantener una conducta que le dé a entender al niño que se está atendiendo a lo que dice, como mirarle a la cara, o colocarse a su altura para hablar con él.
  • La habilidad para motivar, también conocida como refuerzo social, aquí consiste en señalar al niño cuánto nos gusta comunicarnos con él, y mantener la atención sin dejar que nada nos distraiga. Es importante buscar el momento adecuado y hablar a menudo con los hijos.
  • La empatía está muy ligada a la habilidad para ponerse en el lugar del otro. Se trata de entender lo importante que son para el niño sus cosas, aunque para los adultos sean insignificantes. Los padres han de saber transmitir a sus hijos que lo suyo también es importante.

Si se quiere poner en marcha estos elementos facilitadores habrá que desarrollar habilidades como las siguientes:

  •    Dar información positiva.
  •    Emitir mensajes coherentes, que no den lugar a contradicciones.
  •    Expresar sentimientos positivos y negativos.  
  •    Crear un clima emocional, de cariño y respeto, que facilite la comunicación.
  •    Pedir y escuchar la opinión de los demás.

Cuando comunicamos un mensaje verbal, nuestras palabras van acompañadas de gestos, posturas, tono de voz, miradas y un sinfín de recursos que constituyen la comunicación no verbal. Es decir, combinamos el lenguaje verbal y el gestual. Este último es tan importante que, en caso de contradicción con lo que estamos diciendo, será la comunicación gestual la que se imponga como verdadera.

Los niños, que no dominan el lenguaje oral, son mucho más capaces de interpretar los mensajes no verbales.

¿Por qué es importante que el niño tenga límites?

Para que un niño sea feliz es fundamental que se sienta protegido. El sentimiento de protección, aparece si en casa se definen límites y si los padres son firmes y constantes en su mantenimiento. Cuando no existen normas ni límites claros, el pequeño puede volverse apático y pasivo o, por el contrario, irascible y tirano, actitudes en las que la inseguridad siempre está presente.

Los padres tienen que aprender a fijar límites justos. Igual que no es bueno quedarse cortos, tampoco lo es pasarse de estrictos y no permitir que los hijos puedan responsabilizarse de sus propios actos.

Todos los niños quieren y necesitan comprender las normas existentes en el medio que les rodea. Desean saber hasta dónde pueden llegar y qué pasa cuando rebasan esos límites.
A medidas que los niños van creciendo necesitan determinar cómo actuar en cada situación. Los límites desempeñan un importantísimo papel en el proceso de adaptación y descubrimiento de su medio.

Para aprender a comportarse de forma adecuada, los niños necesitan mensajes claros sobre las normas, sobre lo que se espera de ellos. Principalmente son los padres lo que pueden darles esta información.

Los limites no funciona cuando:
  • No se transmiten de forma clara.
  • Son contradictorios: el padre dice una cosa y la madre otra, o unas veces se permite algo y otras no.
  • No hay consecuencias, ya sean positivas o negativas.
  • Se pide al niño que haga algo que los padres no hacen. 
Lo realmente perjudicial para el desarrollo del niño es:
  • Establecer unos límites demasiados estrictos.
  • Fijar un número excesivo de normas.
  • No poner ningún tipo de límites a su comportamiento. 


Los niños no vienen con las normas sabidas de nacimiento. Aprenden a comportarse poco a poco, y los maestros en este proceso son los padres. Ellos tienen que enseñarles qué conductas son deseables y cuáles no, poniéndoles los limites adecuados a su edad, fijando las normas que rigen en su casa y transmitiéndoselas de las forma más clara y comprensible posible.

Tendemos tendencia a ser selectivos y fijarnos en lo negativo pasando por alto lo positivo, y si se trata de los niños/as, más. Es muy frecuente caer en el error de dar órdenes haciendo hincapié en comportamientos negativos.

Cuando marcamos las órdenes negativas estamos atendiendo a lo que no tiene que hacer el niño, pero no le decimos qué es lo adecuado.

Reflexión final

Existen muchas justificaciones para evitar decir que no a los niños y niñas: a veces por el miedo a no saber afrontar el conflicto; otras, por culpa del poco tiempo que pasamos con ellos; en ocasiones, simplemente por cansancio.

Cuando llegan los dos y tres años, los niños y niñas, que todavía no se saben expresar con palabras lo que le ocurre, soluciona cualquier contrariedad con rabietas las cuales muchas veces son muy desagradables. Se cede a caprichos que creemos insignificantes y, momentáneamente, nos sentimos aliviados.

Tras un tiempo premiando esta conducta, suele ocurrir que lo que antes eran caprichos ahora son exigencias, que vienen acompañados de reacciones cada vez peores a las negativas. A medio y corto plazo el niño ha aprendido que la estrategia de molestar mucho es válida para conseguir lo que quiere.

Si convertimos en costumbre el binomio llora – concedo nos encontraremos con que, a largo plazo, se generalizan este tipo de comportamientos.

Cuando ese niño sea adolescente, no se ha encontrado con el no y, por tanto, no sabe cómo se soluciona un conflicto. Por el contrario, tiene claro que, con determinadas conductas, muchas veces de tipo agresivo, consigue lo que quiere.

También podemos encontrarnos con un adolescente que no entiende lo que significa hacer un esfuerzo para lograr algo, puesto que todo lo que quiso de pequeño se lo dieron.

La adolescencia es una etapa en la que la fuerza de arrastre del grupo es mayor que cualquier otra. Es importante decir que no, pero hay que hacer aprendido antes a hacerlo.

Por eso lo que enseñamos a los niños/as en edades muy tempranas es importantísimo. Cualquier aprendizaje que no se da en el momento que corresponde es mucho más difícil de aprender con posterioridad. Por eso, no hay que tener miedo a la reacción de los niños y niñas cuando les decimos que no, porque así les enseñamos cómo lo pueden hacer el día de mañana.